jueves, 20 de marzo de 2014

Muévete en mí

Inunda, Señor, nuestro espíritu y muévete dentro de nuestros corazones. Muévenos en Ti Santo Espíritu, cambia nuestros corazones y nuestras vidas. Llénalas de tu amor para que seamos piedras vivas de tu Iglesia, para que seamos la Presencia de Jesús para todos los que nos rodean, para que nos haga conscientes de que Jesús vive en nosotros.
 


 Contaba el padre Diego Jaramillo en una de sus enseñanzas... 
 
...que había escuchado en Roma, explicado bellísimamente por un sacerdote francés, aquel episodio que narra que Moisés quería ver a Dios.

Moisés le dijo a Dios: "Te ruego que yo pueda ver tu gloria".
 
Y Dios respondió a Moisés: "¿Quieres ver mi gloria? Yo te voy a hacer ver mi amor, te voy a hacer ver mi bondad y te voy a revelar mi Nombre. Mi rostro no puedes verlo, porque un hombre no puede contemplar mi rostro sin morir, pero te voy a revelar mi amor, Yo te voy a revelar mi Nombre".

 Moisés había pedido ver la gloria y Dios le quiso revelar su bondad y le quiso revelar su Nombre. Entonces nos cuenta el libro del Éxodo que Moisés se tuvo que ocultar en el hueco de una peña mientras Dios pasó y le cubrió con su mano, y decía su Nombre mientras iba pasando. ¡Ah, pero aquí como que nosotros no solo hemos querido ver la gloria de Dios, sino que también Él ha querido ver nuestra gloria! Es como si Dios nos dijera: "Hijo de hombre, Yo quiero ver tu gloria". Y yo tuviera que decirle a Él: "Yo no tengo gloria, Señor, yo no tengo sino pecado, yo no tengo sino miseria, yo no tengo nada que mostrarte". Y Él dice: “Ah, yo quiero ver tu gloria y quiero ocultarme en una caverna, quiero ocultarme en una gruta, quiero ocultarme en tu propio corazón y ahí, desde tu propio corazón, Yo voy a hacer que tu pequeñez y que tu pecado y que tu maldad se transforme en gloria, Yo voy a estar en ti, Yo voy a morar en ti, Yo voy a ser tu huésped".

 Y eso es lo que el Espíritu Santo de Dios quiere hacer en cada uno de nosotros. Quiere Él venir a morar en nuestro propio corazón y allí transformarnos de tal manera que todo lo que nosotros seamos sea únicamente su gloria, su Palabra y su amor. El Espíritu Santo viene, como dice la Escritura, como paloma, como una paloma desciende, así bajó sobre Jesucristo y permaneció sobre Él, así desciende sobre todos los que se parecen a Jesucristo y permanece sobre ellos.
 
Viene como agua, que purifica y que sacia la sed. Viene como fuego, que quema, que alumbra, que ilumina. Viene como sello, que nos imprime la imagen de Jesús. Él viene como aceite, que nos penetra totalmente, que nos recorre todo el ser. Viene el Espíritu de Dios a cada uno de nosotros y cuando el Espíritu del Señor viene a cada uno de nosotros cambia nuestro ser, cambia totalmente nuestro ser y de ahí en adelante ya sí que tenemos que decir:
 
 "Yo oro en el Espíritu, yo canto en el Espíritu, yo trabajo en el Espíritu, yo amo en el Espíritu, yo sufro en el Espíritu, yo soy en el Espíritu; mi ser todo, no únicamente mi oración, no únicamente yo oro en el Espíritu, toda mi actividad, todo mi ser tiene que ser en el Espíritu de Dios.

¡¡¡AMÉN!!!

sábado, 8 de marzo de 2014

Y rompió el pan....




¡Ven, Espíritu Santo, ven a mí ahora! Sáname, purifícame de aquellas muchas cosas en que estoy contaminado. Haz de mí, en Jesús, una ofrenda agradable al Padre. Ven, Espíritu Santo, te abro todas mis puertas y ventanas, te abro todo mi ser... para que tú pases como brisa fresca, como bálsamo sanador, para que pueda respirar de nuevo tus aromas de santidad. Y si es tu deseo pasa como un vendaval trillándome, haciéndome fina harina para luego hacerme pan… que se rompe y se reparte. Ilumina mi mente y mi corazón para que no resulte yo confundido por criterios ajenos a la Verdad Suprema y acabe aplicando mi voluntad y no la Tuya.


 Y Rompió el pan…

“Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual”. (Rm 12, 1)

Estas palabras del apóstol recuerdan las que pronunció Jesús en la última cena: << Tomad y comed, este es mi cuerpo que será entregado por vosotros>>. Así pues cuando Pablo nos exhorta a ofrecer nuestros cuerpos en sacrificio de suave aroma, es como si dijera: ¡Haced vosotros lo que ha hecho Jesucristo: sed también vosotros eucaristía para Dios! Él se ha ofrecido a Dios en sacrificio de suave aroma; ¡ofreceos también vosotros en sacrificio viviente y agradable a Dios!

Jesús nos exhorta a hacer esto. Jesús dio el mandato: <<Haced esto en conmemoración mía>> (Lu 22. 19). Con esto, Él no pretendía decir únicamente: Haced los gestos que yo he hecho, repetid exactamente el rito que yo he cumplido, sino que quería decir: ¡Haced lo sustancial de lo que yo he hecho; ofreced también vosotros vuestro cuerpo en sacrificio, como habéis visto que yo he hecho! <<Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho>> (Jn 13, 15)

Pero hay algo más en el mandato de Jesús. Nosotros somos “su” cuerpo, “sus” miembros (cfr 1 Co 12, 12 ss); por lo tanto es como si Jesús dijera: ¡Permitidme ofrecer al Padre todo mi cuerpo que sois vosotros; no me impidáis el ofrecerme al Padre; yo no puedo ofrecerme totalmente al Padre mientras haya un solo miembro de mi cuerpo que se niegue a ofrecerse conmigo! ¡Completad, por lo tanto, lo que falta a mi oferta, haced plena mi alegría!

Veamos, pues, con ojos nuevos el momento de la consagración eucarística, que es también nuestro misterio el que se celebra sobre el altar. Partió el pan, pero el significado de este gesto, posiblemente no lo hemos comprendido plenamente. ¿Por qué Jesús rompe el pan? ¿Solamente para dar a cada uno de los discípulos un pedazo? ¡No! Ese gesto tenía, antes que nada, un significado sacrificial de inmolación que se consumaba entre Jesús y el Padre. El pan es él mismo rompiendo el pan; rompiendo el pan Jesús se <<rompía>> a sí mismo…

<<Sacrificio y oblación no quiero; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo –pues de mí se ha escrito en el rollo del libro- a hacer, oh Dios, tu voluntad!>> (Hb 10, 3-7) Lo que Jesús da a comer a sus discípulos es el pan de su obediencia y de su amor al Padre.

Ahora entiendo, que para que yo pueda <<hacer>> lo que hizo Jesús aquella noche, debo sobre todo <<romperme>> a mí mismo, es decir, deponer cualquier rigidez ante Dios, cualquier rebelión hacia él o hacia los hermanos, debo romper mi orgullo, doblegarme y decir <<>> en lo profundo de mi ser , a todo lo que Dios me pide; debo yo también repetir aquellas palabras: ¡Yo vengo para hacer tu voluntad! Tú no quieres tantas cosas de mí; me quieres a mí y yo te digo <<si>>. Ser eucaristía como Jesús significa abandonarse plenamente en la voluntad del Padre.

Amén.

Del libro "Ungidos por el Espíritu" del P Raniero Cantalamessa.





El arte de bendecir

Que el Espíritu Santo ilumine hoy y siempre nuestra "misión" allí por donde nos lleve, allí donde nos envíe, allí donde estemos, desde la salida del sol hasta el ocaso, y en la oscuridad de la noche a la luz del Altísimo intercedamos por todo el mundo, por todas las personas, para que su luz ilumine la oscuridad de nuestros corazones y cambie la faz de la tierra......

Seamos bendición de Dios para el mundo, seamos testigos del Resucitado.


 El arte de bendecir…..

“Al Despertar, bendecid vuestra jornada, porque está ya desbordando de una abundancia de bienes que vuestras bendiciones harán aparecer. Porque bendecir significa reconocer el bien infinito que forma parte integrante de la trama misma del universo. Ese bien lo único que espera es una señal vuestra para poder manifestarse.

Al cruzarnos con la gente por la calle, en el autobús, en vuestro lugar de trabajo, bendecid a todos. La paz de vuestra bendición será compañera de su camino, y el aura de su discreto perfume será una luz en su itinerario. Bendecid a los que os encontréis, derramad la bendición sobre su salud, su trabajo, su alegría, su relación con Dios, con ellos mismos y con los demás.

Bendecidlos en sus bienes y en sus recursos. Bendecidlos de todas las formas imaginables, porque esas bendiciones no solo esparcen las semillas de la curación, sino que algún día brotarán como otras tantas flores de gozo en los espacios áridos de vuestra propia vida.
Mientras paseáis, bendecid vuestra aldea o vuestra ciudad, bendecid a los que la gobiernan y a sus educadores, a sus enfermeras y a sus barrenderos, a sus sacerdotes y a sus prostitutas. En cuanto alguien os muestre la menor agresividad, cólera o falta de bondad, responded con una bendición silenciosa.

Bendecidlos totalmente, sinceramente, gozosamente, porque esas bendiciones son un escudo que los protege de la ignorancia de sus maldades, y cambia el rumbo de la flecha que os han disparado.
Bendecid significa desear y querer incondicionalmente, totalmente y sin reserva alguna el bien ilimitado—para los demás y para los acontecimientos de la vida–, haciéndolo aflorar de las fuentes más profundas y más íntimas de vuestro ser.

Esto significa venerar y considerar con total admiración lo que es siempre un don del Creador, sean cuales fueren las apariencias. Quién sea afectado por vuestra bendición es un ser privilegiado, consagrado, entero. Bendecir significa invocar la protección divina sobre alguien o sobre algo, pensar en él con profundo reconocimiento, evocarle con gratitud. Significa además llamar a la felicidad para que venga sobre él, dado que nosotros no somos nunca la fuente de la bendición, sino simplemente los testigos gozosos de la abundancia de la vida.

Bendecirlo todo, bendecir a todos, sin discriminación alguna, es la forma suprema del don, porque aquellos a los que bendecís nunca sabrán de dónde vino aquel rayo de sol que rasgó de pronto las nubes de su cielo, y vosotros raras veces seréis testigos de esa luz que ha iluminado su vida.
Cuando en vuestra jornada surja algún suceso inesperado que os desconcierte y eche por tierra vuestros planes, explotad en bendiciones, porque entonces la vida está a punto de enseñaros una lección, aunque su copa pueda parecernos amarga. Porque ese acontecimiento que creéis tan indeseable, de hecho lo habéis suscitado vosotros mismos para aprender la lección que se os escaparía si vacilaseis a la hora de bendecirlo. Las pruebas son otras tantas bendiciones ocultas. Y legiones de ángeles siguen sus huellas.

Bendecir significa reconocer una belleza omnipresente, oculta a los ojos materiales. Es activar la ley universal de la atracción que, desde el fondo del universo, traerá a vuestra vida exactamente lo que necesitáis en el momento presente para crecer, avanzar y llenar la copa de vuestro gozo.
Cuando paséis por delante de una cárcel, derramad la bendición sobre sus habitantes, sobre su inocencia y su libertad, sobre su bondad, sobre la pureza de su esencia íntima, sobre su perdón incondicional. Porque sólo se puede ser prisionero de la imagen que uno tiene de sí mismo, y un hombre libre puede andar sin cadenas por el patio de una prisión, lo mismo que los ciudadanos de un país libre pueden ser reclusos cuando el miedo se acurruca en su pensamiento.

Cuando paséis por delante de un hospital, bendecid a sus pacientes, derramad la bendición sobre la plenitud de su salud, porque incluso en su sufrimiento y en su enfermedad, esa plenitud está aguardando simplemente a ser descubierta. Y cuando veáis a alguien que sufre y llora o que da muestras de sentirse destrozado por la vida, bendecidlo en su vitalidad y en su gozo: porque los sentidos sólo presentan el revés del esplendor y de la perfección última que sólo el ojo interior puede percibir.

Es imposible bendecir y juzgar al mismo tiempo. Mantened en vosotros, por tanto, ese deseo de bendecir como una incesante resonancia interior y como una perpetua plegaria silenciosa, porque de ese modo seréis de esas personas que son artesanos de la paz, y un día descubriréis por todas partes el rostro mismo de Dios. Y por encima de todo, no os olvidéis de bendecir a esa persona maravillosa, absolutamente bella en su verdadera naturaleza y tan digna de amor, que sois vosotros mismos.”

Del libro “El arte de bendecir” de Pierre Pradervand