sábado, 8 de marzo de 2014

Y rompió el pan....




¡Ven, Espíritu Santo, ven a mí ahora! Sáname, purifícame de aquellas muchas cosas en que estoy contaminado. Haz de mí, en Jesús, una ofrenda agradable al Padre. Ven, Espíritu Santo, te abro todas mis puertas y ventanas, te abro todo mi ser... para que tú pases como brisa fresca, como bálsamo sanador, para que pueda respirar de nuevo tus aromas de santidad. Y si es tu deseo pasa como un vendaval trillándome, haciéndome fina harina para luego hacerme pan… que se rompe y se reparte. Ilumina mi mente y mi corazón para que no resulte yo confundido por criterios ajenos a la Verdad Suprema y acabe aplicando mi voluntad y no la Tuya.


 Y Rompió el pan…

“Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual”. (Rm 12, 1)

Estas palabras del apóstol recuerdan las que pronunció Jesús en la última cena: << Tomad y comed, este es mi cuerpo que será entregado por vosotros>>. Así pues cuando Pablo nos exhorta a ofrecer nuestros cuerpos en sacrificio de suave aroma, es como si dijera: ¡Haced vosotros lo que ha hecho Jesucristo: sed también vosotros eucaristía para Dios! Él se ha ofrecido a Dios en sacrificio de suave aroma; ¡ofreceos también vosotros en sacrificio viviente y agradable a Dios!

Jesús nos exhorta a hacer esto. Jesús dio el mandato: <<Haced esto en conmemoración mía>> (Lu 22. 19). Con esto, Él no pretendía decir únicamente: Haced los gestos que yo he hecho, repetid exactamente el rito que yo he cumplido, sino que quería decir: ¡Haced lo sustancial de lo que yo he hecho; ofreced también vosotros vuestro cuerpo en sacrificio, como habéis visto que yo he hecho! <<Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho>> (Jn 13, 15)

Pero hay algo más en el mandato de Jesús. Nosotros somos “su” cuerpo, “sus” miembros (cfr 1 Co 12, 12 ss); por lo tanto es como si Jesús dijera: ¡Permitidme ofrecer al Padre todo mi cuerpo que sois vosotros; no me impidáis el ofrecerme al Padre; yo no puedo ofrecerme totalmente al Padre mientras haya un solo miembro de mi cuerpo que se niegue a ofrecerse conmigo! ¡Completad, por lo tanto, lo que falta a mi oferta, haced plena mi alegría!

Veamos, pues, con ojos nuevos el momento de la consagración eucarística, que es también nuestro misterio el que se celebra sobre el altar. Partió el pan, pero el significado de este gesto, posiblemente no lo hemos comprendido plenamente. ¿Por qué Jesús rompe el pan? ¿Solamente para dar a cada uno de los discípulos un pedazo? ¡No! Ese gesto tenía, antes que nada, un significado sacrificial de inmolación que se consumaba entre Jesús y el Padre. El pan es él mismo rompiendo el pan; rompiendo el pan Jesús se <<rompía>> a sí mismo…

<<Sacrificio y oblación no quiero; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo –pues de mí se ha escrito en el rollo del libro- a hacer, oh Dios, tu voluntad!>> (Hb 10, 3-7) Lo que Jesús da a comer a sus discípulos es el pan de su obediencia y de su amor al Padre.

Ahora entiendo, que para que yo pueda <<hacer>> lo que hizo Jesús aquella noche, debo sobre todo <<romperme>> a mí mismo, es decir, deponer cualquier rigidez ante Dios, cualquier rebelión hacia él o hacia los hermanos, debo romper mi orgullo, doblegarme y decir <<>> en lo profundo de mi ser , a todo lo que Dios me pide; debo yo también repetir aquellas palabras: ¡Yo vengo para hacer tu voluntad! Tú no quieres tantas cosas de mí; me quieres a mí y yo te digo <<si>>. Ser eucaristía como Jesús significa abandonarse plenamente en la voluntad del Padre.

Amén.

Del libro "Ungidos por el Espíritu" del P Raniero Cantalamessa.





No hay comentarios:

Publicar un comentario