"¡Espíritu Santo ven a mí! Ven y enséñame a amar mi pobreza. Dame tu espíritu de fortaleza para no amar ni tener apego a ninguna pertenencia. Muestrame la inmensa riqueza de no desear nada que no sea participar de la Santa Humanidad de mi Señor, de su Santidad. Dame el don de no amar mi vida y mis cosas tanto que tema perderlas. Transforma mi corazón hasta que no quepa indiferencia alguna ante el dolor y la desesperación ajena. ¡Ven Espíritu Santo! Ven y despojame de todo lo que en mí no sepa amar. Abrásame, purificame, renuévame desde mis cenizas, desde mi polvo, desde mi nada."
De
la pobreza a la sabiduría
Quien se ha vaciado de sí mismo es
un sabio. Si lográramos vaciarnos por completo volveríamos a la infancia de la
Humanidad.
Para el desposeído el ridículo no
existe; vivir es soñar; nunca el temor llamara a su puerta; las emergencias no
le asustan; le tienen sin cuidado las opiniones sobre su persona; la tristeza
no pisa sus fronteras.
Desaparecen los adjetivos posesivos;
”mío” y “tuyo”, así como también los verbos pertenecer,
poseer, verbos que son fuente de
fricciones y conflictos, porque es el “yo” el que tiende con sus brazos largos,
las cadenas apropiadoras de las cosas, hechos y personas.
El que se vacía de sí mismo
experimenta la misma sensación lenitiva que cuando desaparece la fiebre alta:
descanso y refrigerio, justamente porque el “yo” es llama, fuego, fiebre,
deseo, pasión.
Bien sabemos que el interior del
hombre es frecuentemente morada llameante de dolor. ¿Qué sucede si la casa está
incendiándose y tú estás dentro? ¿Cómo escapar? No es necesario huir. Sabemos
cómo se apaga el incendio. El que ha visto cómo el temor surge de la pasión,
sabe que la tranquilidad de la mente surge apagando la pasión. Basta despertar,
abrir los ojos, levantar la cabeza y tomar conciencia de que estabas en un
error: que estabas suponiendo que era real lo que en verdad era irreal.
Lo que importa es detener la
actividad de la conciencia ordinaria, porque ella es una actividad centrada en
el “yo”. Cuando la mente actúa, lo hace necesariamente engendrando y alentando
el “yo” egoísta; el cual, a su vez, extiende sus brazos apropiadores (que son
los deseos de poseer, la codicia, la sed de gloria) sobre estos objetivos –
sucesos – personas, naciendo de esta apropiación los temores y sobresaltos. Al
anular el curso de la actividad mental, desaparece este proceso.
El vacío de la mente instala al
hombre en un mundo nuevo, en el mundo
de la realidad última, diverso del mundo de las apariencias en que normalmente
nos movemos. El que ama su vida, la perderá; el que la odia, la ganará.
Nada desde fuera, pada desde dentro
logra remecer la serenidad de un sabio. Lo mismo que un huracán deja inmutable
el acantilado, así los disgustos dejan impasible al hombre sabio. Y de esta manera
él se sitúa más allá de los vaivenes y las pasiones.
La presencia de sí es perturbada
normalmente por los delirios del “yo”. Pero, una vez eliminado el “yo”, el
sabio adquiere plena presencia de sí, y va controlando cuanto ejecuta, al
hablar, al reaccionar, al caminar.
Por este sincero y espontáneo
abandono de sí mismo y de sus cosas, el verdadero sabio, una vez libre de todas
las ataduras apropiadoras del “yo”, se lanza sin impedimento en el seno
profundo de la libertad. Por eso, una vez que ha conseguido experimentar el
vacío mental, el sabio llega a vivir libre de todo temor y permanece en la
estabilidad de quien está más allá de todo cambio.
Y así, el pobre y desposeído, al
sentirse desligado de sí mismo, va entrando lentamente en las aguas tibias de
la serenidad, humildad, objetividad, benignidad, compasión y paz. Como se ve,
nos encontramos ya en el corazón de las Bienaventuranzas.
El hombre artificial, esto es, el
que está sometido a la tiranía del “yo”, está siempre vuelto hacia afuera,
obsesionado por quedar bien, por
causar buena impresión, preocupado por el “que piensan de mí”, “que dicen de
mí”; y, al vaivén de los avatares, sufre, teme, se estremece. La vanidad y el
egoísmo atan al hombre a la existencia dolorosa, haciéndolo esclavo de los caprichos
del yo”.
El hombre sabio, en cambio, es un
hombre fundamentalmente vuelto hacia
dentro: como ya se libró de la obsesión de la imagen, porque se convenció
de que el “yo” no existe, le tiene absolutamente sin cuidado todo lo que se piense
o se diga en referencia a un “yo” que él sabe que no existe, vive desconectado
de las preocupaciones artificiales, en una gozosa interioridad, silencioso,
profundo y fecundo.
Se mueve en el mundo de las cosas y
los acontecimientos, pero su morada está en el reino de la serenidad.
Desarrolla actividades exteriores, pero su intimidad está instalada en aquel
fondo inmutable que, sin posibilidad de cambio da origen a toda su actividad.
La cobra podrá inyectarle su veneno
pero el sabio no tendrá fiebre. Pero…es imposible. La cobra, que es la cólera,
no puede atacar al sabio. Sus fuentes profundas están purificadas, y el agua
que brota desde ellas no puede menos de ser pura.
Sin poder ni propiedades, el sabio
hace el camino mirándolo todo con ternura y tratando a todas las criaturas con
respeto y veneración. La túnica que lo envuelve es la paciencia, y sus aguas
nunca serán agitadas.
No tiene nada que defender, a nadie
amenaza y por nadie se siente amenazado; por eso cuenta con la amistad de
todos. Armas, ¿para qué? Al que nada tiene y nada quiere tener, ¿qué le puede
turbar? ¿Acaso no es la turbación un ejército alzado para defensa de las
propiedades amenazadas? Pero a quien espontáneamente se desprendió hasta los
escombros de sí mismo, ¿qué le puede turbar? ¿Desde qué trincheras lo pueden
amenazar?
No, definitivamente el verdadero
sabio no puede ser picado por la cobra.
(tomado del libro DEL SUFRIMIENTO A LA PAZ (hacia una liberación interior) Ediciones Peulinas, escrito por el P. Ignacio Larrañaga S.J.
(tomado del libro DEL SUFRIMIENTO A LA PAZ (hacia una liberación interior) Ediciones Peulinas, escrito por el P. Ignacio Larrañaga S.J.



