domingo, 20 de abril de 2014

Sed pobres para ser sabios

"¡Espíritu Santo ven a mí! Ven y enséñame a amar mi pobreza. Dame tu espíritu de fortaleza para no amar ni tener apego a ninguna pertenencia. Muestrame la inmensa riqueza de no desear nada que no sea participar de la Santa Humanidad de mi Señor, de su Santidad. Dame el don de no amar mi vida y mis cosas tanto que tema perderlas. Transforma mi corazón hasta que no quepa indiferencia alguna ante el dolor y la desesperación ajena. ¡Ven Espíritu Santo! Ven y despojame de todo lo que en mí no sepa amar. Abrásame, purificame, renuévame desde mis cenizas, desde mi polvo, desde mi nada."


De la pobreza a la sabiduría  

Quien se ha vaciado de sí mismo es un sabio. Si lográramos vaciarnos por completo volveríamos a la infancia de la Humanidad. 

Para el desposeído el ridículo no existe; vivir es soñar; nunca el temor llamara a su puerta; las emergencias no le asustan; le tienen sin cuidado las opiniones sobre su persona; la tristeza no pisa sus fronteras.

Desaparecen los adjetivos posesivos; ”mío” y “tuyo”, así como también los verbos pertenecer, poseer, verbos que son fuente de fricciones y conflictos, porque es el “yo” el que tiende con sus brazos largos, las cadenas apropiadoras de las cosas, hechos y personas.

El que se vacía de sí mismo experimenta la misma sensación lenitiva que cuando desaparece la fiebre alta: descanso y refrigerio, justamente porque el “yo” es llama, fuego, fiebre, deseo, pasión.

Bien sabemos que el interior del hombre es frecuentemente morada llameante de dolor. ¿Qué sucede si la casa está incendiándose y tú estás dentro? ¿Cómo escapar? No es necesario huir. Sabemos cómo se apaga el incendio. El que ha visto cómo el temor surge de la pasión, sabe que la tranquilidad de la mente surge apagando la pasión. Basta despertar, abrir los ojos, levantar la cabeza y tomar conciencia de que estabas en un error: que estabas suponiendo que era real lo que en verdad era irreal.

Lo que importa es detener la actividad de la conciencia ordinaria, porque ella es una actividad centrada en el “yo”. Cuando la mente actúa, lo hace necesariamente engendrando y alentando el “yo” egoísta; el cual, a su vez, extiende sus brazos apropiadores (que son los deseos de poseer, la codicia, la sed de gloria) sobre estos objetivos – sucesos – personas, naciendo de esta apropiación los temores y sobresaltos. Al anular el curso de la actividad mental, desaparece este proceso. 

El vacío de la mente instala al hombre en un mundo nuevo, en el mundo de la realidad última, diverso del mundo de las apariencias en que normalmente nos movemos. El que ama su vida, la perderá; el que la odia, la ganará. 

Nada desde fuera, pada desde dentro logra remecer la serenidad de un sabio. Lo mismo que un huracán deja inmutable el acantilado, así los disgustos dejan impasible al hombre sabio. Y de esta manera él se sitúa más allá de los vaivenes y las pasiones.
La presencia de sí es perturbada normalmente por los delirios del “yo”. Pero, una vez eliminado el “yo”, el sabio adquiere plena presencia de sí, y va controlando cuanto ejecuta, al hablar, al reaccionar, al caminar.

Por este sincero y espontáneo abandono de sí mismo y de sus cosas, el verdadero sabio, una vez libre de todas las ataduras apropiadoras del “yo”, se lanza sin impedimento en el seno profundo de la libertad. Por eso, una vez que ha conseguido experimentar el vacío mental, el sabio llega a vivir libre de todo temor y permanece en la estabilidad de quien está más allá de todo cambio.

Y así, el pobre y desposeído, al sentirse desligado de sí mismo, va entrando lentamente en las aguas tibias de la serenidad, humildad, objetividad, benignidad, compasión y paz. Como se ve, nos encontramos ya en el corazón de las Bienaventuranzas.

El hombre artificial, esto es, el que está sometido a la tiranía del “yo”, está siempre vuelto hacia afuera, obsesionado por quedar bien, por causar buena impresión, preocupado por el “que piensan de mí”, “que dicen de mí”; y, al vaivén de los avatares, sufre, teme, se estremece. La vanidad y el egoísmo atan al hombre a la existencia dolorosa, haciéndolo esclavo de los caprichos del yo”.

El hombre sabio, en cambio, es un hombre fundamentalmente vuelto hacia dentro: como ya se libró de la obsesión de la imagen, porque se convenció de que el “yo” no existe, le tiene absolutamente sin cuidado todo lo que se piense o se diga en referencia a un “yo” que él sabe que no existe, vive desconectado de las preocupaciones artificiales, en una gozosa interioridad, silencioso, profundo y fecundo.

Se mueve en el mundo de las cosas y los acontecimientos, pero su morada está en el reino de la serenidad. Desarrolla actividades exteriores, pero su intimidad está instalada en aquel fondo inmutable que, sin posibilidad de cambio da origen a toda su actividad.

La cobra podrá inyectarle su veneno pero el sabio no tendrá fiebre. Pero…es imposible. La cobra, que es la cólera, no puede atacar al sabio. Sus fuentes profundas están purificadas, y el agua que brota desde ellas no puede menos de ser pura.

Sin poder ni propiedades, el sabio hace el camino mirándolo todo con ternura y tratando a todas las criaturas con respeto y veneración. La túnica que lo envuelve es la paciencia, y sus aguas nunca serán agitadas.

No tiene nada que defender, a nadie amenaza y por nadie se siente amenazado; por eso cuenta con la amistad de todos. Armas, ¿para qué? Al que nada tiene y nada quiere tener, ¿qué le puede turbar? ¿Acaso no es la turbación un ejército alzado para defensa de las propiedades amenazadas? Pero a quien espontáneamente se desprendió hasta los escombros de sí mismo, ¿qué le puede turbar? ¿Desde qué trincheras lo pueden amenazar?

No, definitivamente el verdadero sabio no puede ser picado por la cobra.


(tomado del libro DEL SUFRIMIENTO A LA PAZ (hacia una liberación interior) Ediciones Peulinas, escrito por el P. Ignacio Larrañaga S.J.


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